De Bariloche al Fitz Roy, hondura y vastedad patagónica
Un viaje a los Sueños es el nombre del film que acaba de concluir el director barilochense Ignacio Galíndez Tuero, con guión de Coliluan Whewell y producción ejecutiva de Manuel Echevarría. Desde la historia individual, casi íntima del protagonista, una búsqueda que abre una respetuosa y profunda mirada sobre la región patagónica y la universalidad de sus personajes. Una obra que pide pantalla.
La Patagonia es un territorio de infinita magia. Su vastedad parece de tal modo imponente que lo humano se torna quizás imperceptible. Sin embargo, geografía de aventura y desafío, basta con afrontar su rigor climático, sus carencias, sus largas distancias, para descubrir tras gigantes de piedra, hielos eternos, bosques, o aridez esteparia, la generosa riqueza de latidos asombrosos, singulares, intransferibles. Palpitaciones de cuño propio, acervo cultural pleno de síntesis y matices.
Algo de esto sucede con Un viaje a los Sueños, el formidable film dirigido por el barilochense Ignacio Galíndez Tuero, que por esas cosas incomprensibles del circuito de la distribución, o tal vez por una decisión de aguardar el momento oportuno, todavía no llegó al gran público.
A Patagonian Tale, on the road to dream parte de una propuesta argumental, sustentada en una historia verdadera: una joven pareja de ingleses realiza un viaje por la Patagonia Argentina. La aventura los lleva a recorrer parte de la mítica Ruta 40, con un objetivo en mente: escalar el cerro Fitz Roy. 40 años después de aquel sueño, uno de sus hijos, Coliluan Whewell (protagonista y autor del guión), decide repetir el recorrido. Su objetivo es intentar comprender la razón por la que sus padres -a raíz de este viaje- se instalaron definitivamente en Argentina. Para ello tendrá que recorrer 2000 kilómetros desde Bariloche hasta El Chaltén.

En el camino, la gente que se cruza y las situaciones que se generan van moldeando una aventura propia. La soledad de un paisaje por momentos hostil lo conduce hacia el objetivo, a lo largo de un camino que atraviesa la desolación patagónica y la corta al medio entre pasado y presente. Su idea inicial era reeditar y -de alguna manera-homenajear la aventura de sus padres, pero durante el viaje se dará cuenta de que algo más importante está ocurriendo: tal vez el objetivo de su propia aventura es la pregunta y no la respuesta. Más importante aún: se va conociendo a sí mismo, y un poco más acerca de la historia de su familia.
Allí, detrás de una historia tan simple como conmovedora, el relato ancla con naturalidad en personajes reconocibles de la mágica extensión del sur argentino. Con las rispideces del diálogo documental, pero con la frescura del testimonio sin artilugios, asoman en el largo viaje protagonistas de pura cepa regional, aunque no todos puedan exhibir un pasado ancestral. Gringos y paisanos que, mimetizados en la dureza del paisaje, afloran en conversaciones y relatos tan deliciosos como infinita y entrañablemente humanos, plenos de espontánea calidez.

Si los sitios que la cámara recorre con la calma propia del entorno hablan por sí de un territorio de riqueza cultural palpitante, los rostros, les gestos y las costumbres de los pobladores y personajes que Coliluan encuentra en su periplo bien podrían ser, sin golpes bajos, el álbum de memorias de una Patagonia que siempre sorprende tras su aparente esterilidad: desde el viajero francés que recorre solitario en su moto la emblemática ruta, hasta el avezado andinista europeo que puede hablar de sus reconocidas hazañas con la misma humildad de quien sólo remontó alguna vez la calle Rolando de Bariloche. La gente de la tierra, el relato de los inmigrantes afincados, el devenir sin histerias de los días de cualquier paisano del sur, intervienen en una narración sin sorpresas para el lugareño pero con exacta valía testimonial para el mundo.
"Un viaje..." contó con el aporte de Manuel Echevarria (productor ejecutivo), Gonza Galeano (cámara), Diego Moreira (sonido) y la música original de Chimango Valet. También colaboraron Ezequiel Casalla en el diseño gráfico, Federico Palma en la post producción. Roberto Espiño codirigió con Galeano la fotografia y el guión es del propio Whewell.
La narración es, en suma, una invitación a recobrar la hondura de una comunión natural e inescindible que alguna vez marcó de puño y letra el mismísimo Yupanqui: el hombre es tierra que anda. La película de Galíndez Tuero así lo certifica.
Fuente: Diario Digital Bariloche 2000